A la vera del camino – Francisco Zegers – Santiago, Chile.
Leí alguna vez, en un relato del hundimiento de la Esmeralda, la versión de uno de los jóvenes guardiamarinas que estaba en el interior del buque al momento del colapso. El contaba cómo entre el ruido de los gritos de órdenes y de dolor, explosiones, disparos, balas y el gran impacto del Huáscar sobre el buque chileno, de pronto sienten que la corbeta cede y se va a pique con ellos adentro. Como pueden, en contra del agua que se metía por todos lados, empiezan a buscar una salida para abandonar el casco y salir al mar para llegar afuera. Lo que él, a lo menos, logra con gran esfuerzo. Al llegar a la superficie este joven cuenta que lo impacta que el día era un día normal, silencioso, con las gaviotas revoloteando y olas picando como si nada hubiera pasado. El tiempo no se había alterado con la tremenda batahola de la batalla entre las dos máquinas cargadas de asustados marinos.
La palabra tiempo tiene una doble connotación en todas las culturas. Siempre significa tanto el tiempo para referirse a tiempo atmosférico como al tiempo calendario. Siempre significa ambas cosas, indistintamente. Y es quizá debido a que el tiempo, inmanente como es, también sea una especie de medio en el cual hacemos las cosas. Un medio que sabemos que, si bien se mantiene neutral a nuestras acciones, es un agente clave en lo que hacemos. Tanto es así, que actualmente uno de los programas de televisión de mayor audiencia se llama precisamente El Tiempo y es visto no sólo en períodos de cambio como el invierno, donde nos pudiera importar saber si lloverá al día siguiente, sino que igualmente en verano y otras épocas en las cuales prácticamente se repite lo mismo un día tras otro, en una especie de ritual… dedicado al tiempo.
El tiempo es ese espacio en el cual ocurre lo que hacemos y que determina en gran medida lo que hacemos, condicionándolo de diversas formas a ser esto y no aquello otro, dándonos un sentido de límites dentro de los cuales debemos realizar nuestro obrar. La pintura, sin ir más lejos, es una cuestión de tiempo. Es descubrir qué se puede hacer en un lapso determinado de horas, o incluso de minutos en ocasiones. Mientras el pintor trabaja, los aceites y pigmentos inician un proceso de reacción química que los va alterando inmediatamente. A través del secado o la evaporación, se van transformando y modificando sus propiedades. Mientras la pintura ocurre tratamos de hacerla fluir y ganarle la mano al tiempo. Así, tiendo a ver la pintura como una acción preformativa enmarcada en el tiempo calendario, enmarcada por los materiales y su comportamiento a lo largo de una sesión de trabajo, los desafíos propios de cada obra, como es la piel de cada cuadro, la capacidad de absorción de la tela, los problemas de la composición y los colores. Todo dentro de lo cual debe ocurrir la pintura, asomándose entre esta maraña de acontecimientos para entre una cosa y otra, ocurrir, ojalá de la manera más neutral posible. Acontece así, como una alquimia en la cual todo se va transformando sin que sepamos a ciencia cierta de qué se trata ni cómo pasa. Epur si muove(1).
Marcel Duchamp, de alguna forma el catalizador del arte contemporáneo como lo entendemos ahora, derivó en su trabajo de la pintura a una preocupación por el objeto existente, buscando encontrar en él una nueva actitud del gesto creativo. Derivó así inesperadamente (para la tradición de la pintura) hacia lo que él llamó los ready-made, que eran simplemente objetos encontrados y que él elevaba a la categoría de arte, por el hecho de haberlos señalado como tales. Hay que tener presente que esto ocurre luego de décadas de producción industrial, donde miles de nuevos objetos eran diseñados y producidos, por primera vez en la historia, en series, logrando una depuración y una fabricación sistemática desconocida hasta esa época. Entonces había la necesidad de integrar culturalmente la nueva estética que producía la combinación de diseñadores y los nuevos procesos de producción.
En una entrevista Pierre Cabanne le pregunta a Marcel Duchamp ¿qué era lo que determinaba la elección de los ready-made?, y éste responde: “dependía del objeto; generalmente era preciso defenderse del look. Es muy difícil elegir un objeto debido que, al cabo de quince días, uno acaba apreciándolo o detestándolo. Se debe llegar a una especie de indiferencia tal que uno no posea emoción estética. La elección de los ready-made está siempre basada en la indiferencia así como en la carencia total de buen o mal gusto”. Cuando Cabanne contraataca y le pregunta ¿qué es el gusto? Duchamp dice: el gusto “es una costumbre. La repetición de una cosa ya aceptada. Si se empieza de nuevo varias veces alguna cosa se convierte en gusto. Bueno o malo, es lo mismo, es siempre gusto” (Cabanne, 1967).
¿A qué se refiere Duchamp acá? Quizá hay tres dimensiones que parecen claves: una es el factor tiempo, que finalmente, y como para desquitarse, acusa tardíamente los errores, el exceso de entusiasmo y la falta de rigor; otra es la falta de emoción estética, que en el fondo sería algo así como un equilibrio entre las ideas organizadoras y fundamentales en cada proceso creativo y la percepción propia; y tercero, el fenómeno del gusto, al que él propone definitivamente renunciar.
“Es posible hacer actuar esta ecuación, como la propone Duchamp? Yo creo que sí, que más bien debemos tenerla presente en nuestros procesos de trabajo. Por un lado, el tiempo es parte del proceso creativo; por otro, debemos desconfiar completamente de nuestra emoción estética cuando ésta de alguna forma nos seduce a traicionar nuestras ideas; y finalmente, debemos alejarnos del gusto, que al final siendo como es una convención social estética, va a tender siempre a llevarnos a su propio territorio “un lugar que paradojalmente no le pertenece a nadie, salvo al lugar común de los diletantes”. Refiriéndose a esto, Lao Tse escribió que uno debe estar, pero sin pertenecer, que uno debe participar, pero sin ser parte, que uno debe ser individual y al mismo tiempo colaborar: hacer, pero sin actuar (Lao Tse, 600 a.C).
Habría entonces una media línea donde ocurriría el hecho creativo y donde se puede cuidar el acervo propio, que empieza a ser una especie de medio dentro del medio, un territorio propio, de fronteras invisibles que permiten la distancia necesaria para ver y prever lo que finalmente ocurriró, cuando la convención social del gusto evolucione. En ese momento de la verdad, esperamos que no nos deje botados a la vera del camino con algo que ya no funciona m�s. Taisen Deshimaru lo llama la vía del medio, explicando que “no significa estar a la mitad de camino entre uno y otro. Es concentración de la izquierda y de la derecha. Incluye los dos aspectos: el bien y el mal, lo femenino y lo masculino, lo máximo y lo mínimo” (Deshimaru, 1983). Quizá una noción que se opone a la ansiedad contemporánea de pertenecer a lo existente, estar en la corriente como forma de identidad.
Quizá el punto crucial a tener presente es que nuestro socio en todos los emprendimientos que hacemos jamás abre la boca, pero curiosamente no se equivoca. Y ese socio no es más que el tiempo, que callado, desde atrás siempre hace su parte, neutralmente, sin actuar jamás.
Nota
1. Atribuido a Galileo Galilei.
Bibliografía
Cabanne, Pierre; Conversaciones con Marcel Duchamp. Editorial Anagrama, Barcelona, 1984. 1º edición de 1967.
Deshimaru, Taisen; El anillo de la vida. Editorial Ibis, Barcelona, 1991. 1º edición de 1983.
Tse, Lao; Tao te King. Editorial Cuatro Vientos, Santiago, 2002. Original de 600 a. C.